02 mayo 2008

Una Defensa del Calvinismo

UNA DEFENSA DEL CALVINISMO
NOTA: ESTE MENSAJE ESTÁ TOMADO DE
LA AUTOBIOGRAFÍA DE C. H. SPURGEON,
VOLUMEN UNO.
Es algo grandioso poder comenzar la vida cristiana creyendo en una doctrina buena y sólida. Algunas personas han recibido veinte "evangelios" diferentes en un número igual de años. Cuántos evangelios más aceptarán antes de llegar al fin de su camino, sería difícil de predecir. Le doy gracias a Dios porque me enseñó desde temprano el Evangelio y he estado tan perfectamente satisfecho con ese Evangelio que no quiero conocer ningún otro. El cambio constante de credo es una pérdida segura. Si un árbol de manzanas tiene que ser arrancado dos o tres veces al año, no se requiere construir una bodega muy grande para almacenar sus manzanas.
Cuando la gente siempre está cambiando sus principios doctrinales, muy probablemente no producirá mucho fruto para la gloria de Dios. Es bueno que los jóvenes creyentes comiencen con un firme entendimiento de esas grandiosas doctrinas fundamentales que el Señor ha enseñado en Su Palabra. Si yo creyera lo que algunos predican acerca de una salvación temporal y falsa, que sólo dura por un tiempo, escasamente estaría agradecido por ella. Pero cuando sé que a quienes Dios salva, Él los salva con una salvación eterna, cuando sé que Él les da una justicia eterna, cuando sé que los establece sobre un fundamento eterno de amor eterno y que Él los llevará a Su reino eterno, ¡oh, entonces sí me maravilla y me sorprende que una bendición así me haya sido otorgada a mí!


"¡Haz una pausa, alma mía! ¡Adora y asómbrate!Pregunta: oh, ¿por qué tanto amor por mí?La Gracia me ha contado entre el númeroDe los miembros de la familia del Salvador:¡Aleluya!Gracias, eternamente gracias, sean dadas a Ti."
Yo supongo que habrá personas cuyas mentes se inclinan de manera natural hacia la doctrina del libre albedrío. Yo sólo puedo decir que mi mente también se inclina de manera muy natural pero hacia las doctrinas de la Gracia Soberana. Algunas veces, cuando veo en la calle a algunos de los personajes más malvados, siento como si mi corazón fuera a estallar en lágrimas de gratitud ¡porque Dios nunca me ha permitido actuar de la manera que ellos lo han hecho! He pensado que si Dios me hubiera dejado solo y no me hubiera tocado por Su Gracia, ¡cuán gran pecador hubiera resultado yo! ¡Hubiera corrido hasta los últimos límites del pecado y me hubiera zambullido en las propias profundidades del mal! No me habría detenido ante ningún vicio o insensatez, si Dios no me hubiese detenido. Siento que yo hubiera sido un verdadero rey de los pecadores, si Dios me hubiera dejado solo. No puedo entender por qué razón he sido salvado excepto sobre la base que Dios quiso que así fuera.

A pesar de todo mi esfuerzo, no puedo descubrir ningún tipo de razón dentro de mí que justifique que yo sea partícipe de la Gracia Divina. Si en este momento estoy con Cristo, se debe solamente a que Cristo Jesús puso Su voluntad en mí y esa voluntad era que yo debía estar con Él allí donde Él está y que yo compartiera de Su gloria. No puedo poner la corona en ninguna otra parte sino sobre la cabeza de Él, cuya Gracia poderosa me ha salvado de descender al abismo.

Contemplando mi vida pasada, veo que el amanecer de todo provino de Dios, efectivamente de Dios. Yo no utilicé ninguna antorcha para iluminar al sol, sino que el sol me alumbró. Yo no di comienzo a mi vida espiritual; no, yo más bien daba patadas y forcejeaba contra las cosas del Espíritu. Cuando Él me atrajo hacia Sí durante un tiempo, yo no corrí tras Él; había un odio natural en mi alma hacia todo lo santo y lo bueno. Los requerimientos de amor dirigidos a mí, se desperdiciaban; las advertencias se las llevaba el viento; los truenos eran despreciados. En cuanto a los susurros de Su amor, ellos eran rechazados como si fuesen menos que nada y vanidad.
Pero ahora puedo decir que estoy seguro que, en lo que a mí concierne, "Él solamente es mi salvación." Fue Él quien hizo volver mi corazón y me hizo ponerme de rodillas ante Él. Ciertamente yo puedo decir, conjuntamente con Doddridge y Toplady:

"La Gracia enseñó a mi alma a orar,E hizo que mis ojos derramaran lágrimas."

Y llegando a este punto puedo agregar:

"Únicamente la Gracia me ha preservado hasta ahora,Y no permitirá que me aleje."

Puedo recordar muy bien la manera en que aprendí las doctrinas de la Gracia en un solo instante. Nací arminiano, como todos nosotros lo somos por naturaleza; todavía creía en las viejas cosas que había escuchado continuamente desde el púlpito y no veía la Gracia de Dios. Cuando venía a Cristo pensaba que yo lo estaba haciendo todo por mí mismo y aunque yo buscaba al Señor sinceramente, no tenía la menor idea que el Señor me estaba buscando a mí. Yo no creo que el joven converso esté consciente de esto al inicio. Puedo recordar exactamente el día y la hora cuando recibí por primera vez en mi alma esas verdades; cuando fueron grabadas en mi corazón con un hierro candente, como dice Juan Bunyan, y puedo recordar cómo sentí que había crecido súbitamente de ser un niño para convertirme en un hombre adulto; que había logrado progresar en el conocimiento de la Escritura al haber encontrado, de una vez por todas, la clave de la verdad de Dios.
Una noche de un día de la semana, cuando me encontraba en la casa de Dios, no estaba tan concentrado en el sermón del predicador, pues no creía lo que decía. Entonces me vino un pensamiento: ¿cómo llegaste a ser un cristiano? Yo busqué al Señor. Pero ¿cómo fue que comenzaste a buscar al Señor? La verdad pasó por mi mente en un instante como un relámpago: yo no hubiera buscado al Señor sin haber recibido previamente una influencia que me hiciera buscarlo. Yo oré, pensé yo, pero entonces me pregunté: ¿cómo fue que comencé a orar? Fui inducido a orar al leer las Escrituras. Y ¿cómo fue que comencé a leer las Escrituras? Es cierto que las leí, pero ¿qué fue lo que me llevó a leerlas? Entonces, en un instante, pude ver que Dios está en el fondo de todo y que Él era el autor de mi fe, y así la doctrina de la gracia completa se abrió ante mí y de esa doctrina no me he apartado hasta este día y deseo que mi confesión constante sea ésta: "yo atribuyo mi cambio enteramente a Dios."

Una vez asistí a un servicio donde el texto era precisamente "El nos elegirá nuestras heredades" y el buen hombre que ocupaba el púlpito era algo más que un pequeño arminiano. Por lo tanto, cuando comenzó, dijo: "Este pasaje se refiere enteramente a nuestra herencia temporal, no tiene absolutamente nada que ver con nuestro destino eterno, pues, no queremos que Cristo elija por nosotros en asuntos relacionados con el cielo o el infierno, dijo. Es tan sencillo y fácil que cualquier hombre que tenga una partícula de sentido común elegirá el cielo y cualquier persona será lo suficientemente inteligente para evitar el infierno. No tenemos ninguna necesidad de una inteligencia superior o de un Ser más grande que elija el cielo o el infierno por nosotros. Eso se deja a nuestro libre albedrío y se nos ha dado suficiente sabiduría y los medios que son suficientemente correctos para juzgar por nosotros mismos." Y por lo tanto, como dedujo muy lógicamente, no hay ninguna necesidad ni que Jesucristo, ni nadie más, elija por nosotros. Dijo que nosotros podíamos elegir nuestra herencia por nosotros mismos sin ayuda de nadie. "Ah," pensé, "mi buen hermano, puede ser cierto que podamos, pero creo que necesitamos algo más que sentido común antes que debamos elegir correctamente."
En primer lugar, permítanme preguntar, ¿acaso no debemos admitir, todos nosotros, una Providencia que gobierna todo y el decreto de la mano de Jehová en relación a los medios por los que venimos a este mundo? Esos hombres que piensan que, después, somos entregados a nuestro propio libre albedrío para elegir que esto o lo otro dirija nuestros pasos, deben admitir que nuestra entrada al mundo no fue por nuestra propia voluntad, sino que Dios tuvo que elegir por nosotros en ese momento. ¿Cuáles eran esas circunstancias en poder nuestro que nos llevaron a elegir a ciertas personas para que fueran nuestros padres? ¿Tuvimos algo que ver con eso? ¿No fue el mismo Dios quien designó a nuestros padres, el lugar de nuestro nacimiento y nuestros amigos?
¿No pudo Dios haber causado que yo naciera con la piel de un hotentote (pueblo nómada que vive en Namibia), traído al mundo por una madre sucia que me alimentaría en su "kraal" (choza redonda africana) y me enseñaría a inclinarme ante dioses paganos, de la misma manera que me pudo haber dado una madre piadosa, que cada mañana y cada noche se pusiera de rodillas para orar por mí? O, ¿acaso no hubiera podido Dios, si así lo hubiera querido, haberme dado a un libertino como padre, de cuyos labios yo pude haber oído un lenguaje espantoso, sucio y obsceno? ¿No pudo haberme colocado donde yo hubiera tenido un padre borracho que me habría recluido en un calabozo de ignorancia y me habría educado en las cadenas del crimen? ¿Acaso no fue la Providencia de Dios la que me dio la oportunidad feliz de que mis padres fueran Sus hijos y que se esforzaran por educarme en el temor del Señor?
John Newton solía contar una fantástica historia y se reía de ella también, acerca de una buena mujer que, con el objeto de demostrar la doctrina de la elección, decía: "Ah, señor, Dios debe haberme amado antes que yo naciera, pues de otra forma no podría haber visto nada en mí que se pudiera amar después." Estoy seguro que eso es cierto en mi caso. Yo creo en la doctrina de la elección porque estoy absolutamente seguro que si Dios no me hubiera elegido, yo nunca lo habría elegido a Él. Y estoy seguro que Él me eligió antes que yo naciera, pues de otra forma Él nunca me habría elegido después. Él debe haberme elegido por razones desconocidas para mí, pues yo nunca podría encontrar alguna razón en mí mismo que justifique la razón por qué Él me miró con un amor especial. De tal manera que me veo forzado a aceptar esa grandiosa doctrina bíblica.
Recuerdo a un hermano arminiano que me decía que él había leído las Escrituras más de veinte veces y no había encontrado en ellas la doctrina de la elección. Añadió que las habría encontrado si hubieran estado allí, pues él leía la Palabra estando de rodillas. Yo le dije: "yo creo que tú lees la Biblia en una postura muy confortable y si la hubieras leído sentado en tu butaca habrías tenido una mejor posibilidad de entenderla. Ciertamente debes orar, y entre más ores mejor, pero hay una cierta superstición involucrada en pensar que hay algo en la postura que el hombre adopte para leer la Biblia. Y en cuanto a leer las Escrituras de manera completa veinte veces sin haber encontrado nada acerca de la doctrina de la elección, lo sorprendente hubiera sido que hubieras encontrado algo. Tú debes haber galopado en tu lectura a tal velocidad, que hubiera sido imposible que tuvieras una idea inteligible del significado de las Escrituras."
Verdaderamente sería maravilloso ver un río que se alza sobre la tierra con todo su pleno cauce, ¿qué sería contemplar un vasto manantial del cual surgen espumeantes todos los ríos de la tierra, un millón de ellos nacidos juntos? ¡Qué visión sería! ¿Quién pudiera concebirlo? Y sin embargo el amor de Dios es esa fuente de la cual surgen todo los ríos de misericordia que a lo largo de todos los tiempos han alegrado a nuestra raza; todos los ríos de la Gracia en el tiempo aquí y en la gloria venidera. ¡Alma mía, ponte junto a esa fuente y adora y da grandeza, por toda la eternidad, a Dios nuestro Padre que nos ha amado!