El domingo pasado por la mañana intenté demostrar que la sustancia y esencia del verdadero Evangelio es la doctrina de la gracia de Dios; que, de hecho, si quitaran la gracia de Dios del Evangelio, le habrían suprimido la propia sangre de vida, y no quedaría en Él nada digno de ser predicado, de creerse o por lo cual luchar. La gracia es el alma del Evangelio: sin ella el evangelio está muerto. La gracia es la música del Evangelio: sin ella el Evangelio permanece en silencio en relación a todo consuelo.
Me he esforzado en explicar también la doctrina de la gracia en términos breves, enseñando que Dios trata con los hombres pecadores sobre la base de pura misericordia; encontrándolos culpables y condenados, les otorga perdones inmerecidos, sin tomar en cuenta para nada el carácter pasado o las buenas obras que puedan ser vistas por anticipado. Movido solamente por su piedad, Él desarrolla un plan para rescatarlos del pecado y sus consecuencias; un plan en el que la gracia es el principal atributo.
Como un favor inmerecido, Él ha proporcionado, en la muerte de su amado Hijo, una expiación por medio de la cual Él puede conceder su misericordia con justicia. Él acepta a todos aquellos que ponen su confianza en esta expiación, seleccionando la fe como el camino de salvación, para que todo sea solamente por gracia. En esto Él actúa por un motivo que se encuentra dentro de Él mismo, y no por ninguna razón encontrada en la conducta del pecador, ya sea pasada, presente o futura. Intenté demostrar que esta gracia de Dios fluye hacia el pecador desde el pasado más remoto, y comienza sus operaciones cuando aún no hay nada bueno en él; obra en él lo que es bueno y aceptable, y continúa trabajando de esa manera hasta que la obra de gracia está completada, y el creyente es recibido en la gloria para la que ya ha sido hecho digno de aceptación. La gracia comienza a salvar, y persevera hasta que todo esté hecho. Desde el principio hasta el fin, desde la "A" hasta la "Z" del alfabeto celestial, todo en la salvación es por gracia y solamente por gracia; todo es por un favor inmerecido, nada por méritos. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." "Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia."
Tan pronto como esta doctrina es expuesta bajo una luz clara, los hombres comienzan a criticarla. Es el blanco al que le tira toda la lógica carnal. A las mentes no regeneradas nunca les ha gustado y nunca les gustará porque es muy humillante para el orgullo humano, y tiene en muy poca consideración la nobleza de la naturaleza humana.
Que los hombres sean salvos por caridad divina, que deban recibir perdón por el ejercicio de la prerrogativa real siendo criminales condenados, o por el contrario deben perecer en sus pecados, es una enseñanza que no pueden soportar.
Sólo Dios es exaltado en la soberanía de su misericordia; y el pecador no puede hacer otra cosa que tocar el cetro de plata mansamente, y aceptar el favor inmerecido tan sólo porque Dios se lo quiere dar: esto no es agradable para las grandes mentes de nuestros filósofos ni para las anchas filacterias de nuestros moralistas, y por ello se dan la vuelta y luchan contra el imperio de la gracia. El hombre no regenerado busca de inmediato la artillería con la que puede luchar contra el Evangelio de la gracia de Dios, y uno de los más grandes cañones que jamás haya traído al frente es la declaración que la doctrina de la gracia de Dios debe conducir al libertinaje. Si grandes pecadores son salvados inmerecidamente, entonces los hombres se convertirán más fácilmente en grandes pecadores; y si la gracia de Dios habita en el hombre cuando Dios lo regenera, entonces los hombres concluirán que pueden vivir como les dé la gana y, sin embargo, ser salvos.
Ésta es la objeción constantemente repetida que he oído hasta el cansancio, con su ruido vano y falso. Casi me avergüenzo de tener que refutar tan abominable argumento. Se atreven a afirmar que los hombres se sentirán con licencia para ser culpables por esa gracia de Dios y no titubean en decir que si los hombres no son salvos por sus obras, entonces llegarán a la conclusión que su conducta es un asunto sin importancia, y que pueden pecar para que abunde la gracia. Esta mañana quiero hablar un poco acerca de esta noción; porque en parte es un gran error, y en parte es una gran mentira.
En parte es un error porque tiene su origen en un entendimiento incorrecto, y en parte es una mentira porque los hombres saben que no es cierto o deberían saberlo, si así lo quisieran. Comienzo aceptando que el cargo parece de alguna manera algo probable. Parece muy probable que si vamos a ir por todos lados diciendo: "El peor de los pecadores puede ser perdonado si cree en Jesús, porque Dios está manifestando su misericordia al más vil de los viles," entonces el pecado parecerá como algo que no tiene importancia. Si por todos lados vamos a proclamar: "Vengan ustedes pecadores, vengan y sean bienvenidos, y reciban perdón gratuito e inmediato a través de la gracia soberana de Dios," entonces sí parece probable que algunas personas de manera vil repliquen: "Pequemos sin medida, pues fácilmente podemos obtener perdón."
Pero lo que parece ser probable no es, por consiguiente, cierto: por el contrario, lo improbable y lo inesperado, muy a menudo suceden. En cuestiones de influencia moral nada es más engañoso que la teoría. Los caminos de la mente humana no pueden ser dibujados con un lápiz y un compás; el hombre es un ser muy singular. Aún lo que es lógico no es siempre inevitable, porque las mentes de los hombres no están gobernadas por las reglas de las escuelas. Creo que la conclusión que llevaría a los hombres a pecar porque la gracia reina no es lógica, sino precisamente lo contrario; y me atrevo a afirmar que, de hecho, los hombres impíos, como regla no toman como pretexto la gracia de Dios como una excusa para su pecado. Como regla son demasiado indiferentes para preocuparse por cualquier tipo de razones; y si ofrecen una excusa es usualmente más débil y superficial. Puede haber unos pocos hombres de mentes perversas que hayan usado este argumento, pero no hay un registro de las extravagancias del entendimiento caído.
Perspicazmente sospecho que en esos casos en los que tal razonamiento se ha sugerido, fue un mero pretexto, y de ninguna manera una excusa que dejara satisfecha a la propia conciencia del pecador. Si así se disculpan los hombres, es generalmente de una manera velada, porque la mayor parte de ellos estarían completamente avergonzados de plantear ese argumento en términos claros. Me pregunto si el mismo diablo pudiera utilizar tales razonamientos: "Dios es misericordioso, por consiguiente seamos más pecadores." Es una conclusión tan diabólica, que no me gusta culpar a mis semejantes por eso, aunque nuestros oponentes moralistas no titubean en degradarlos así a ellos. Seguramente, ningún ser inteligente puede persuadirse realmente que la bondad de Dios es una razón para ofenderlo más que nunca.
La locura moral produce extraños razonamientos, pero es mi convicción solemne que los hombres muy raramente consideran en la práctica que la gracia de Dios es un motivo para pecar. Lo que parece tan probable a primera vista, deja de serlo cuando llegamos a considerarlo. He admitido que unos cuantos seres humanos han tornado la gracia de Dios en libertinaje; pero confío en que nadie argumente alguna vez contra cualquier doctrina al sólo considerar el uso perverso que de ella haga la gente más baja. ¿Acaso no se puede pervertir cualquier verdad? ¿Hay alguna doctrina de la Escritura que manos sin gracia no hayan torcido convirtiéndola en maldad? ¿No hay una casi infinita inventiva en los hombres malvados para convertir el bien en mal?
Si vamos a condenar una verdad por el mal comportamiento de individuos que profesan creerla, nos encontraríamos condenando a nuestro Señor mismo por lo que hizo Judas, y nuestra santa fe moriría en las manos de apóstatas e hipócritas. Actuemos como hombres racionales. No culpamos a las sogas porque algunas criaturas locas se han ahorcado con ellas; ni pedimos que la cuchillería de Sheffield deba ser destruida porque los utensilios filosos son instrumentos de los asesinos.
Puede parecer probable que la doctrina de la gracia inmerecida se convierta en una licencia para pecar, pero una mejor familiaridad con el curioso trabajo de la mente humana corrige esa noción. Caída como está la naturaleza humana, sigue siendo humana, y por consiguiente no toma benévolamente ciertas formas del mal, tales como por ejemplo, la ingratitud. Casi no es humano multiplicar agravios sobre quienes nos otorgan continuos beneficios. El caso me recuerda la historia de media docena de muchachos que tenían padres muy severos, que acostumbraban azotarlos hasta dejarlos medio muertos. Otro muchacho estaba con ellos el cual era amado tiernamente por sus padres, y se lo demostraban. Estos jóvenes muchachos se reunieron para tener un consejo de guerra para robar un huerto. Todos estaban ansiosos de poner manos a la obra excepto el joven favorecido por sus padres, al que no le gustó la propuesta. Uno de ellos exclamó, ""Tú no tienes por qué tener miedo: si nuestros padres nos atrapan en este trabajo, nos dejarán medio muertos, pero tu padre no pondrá su mano sobre ti." El jovencito respondió, "¿Y piensan ustedes que por ser mi padre bueno conmigo, yo por eso haré algo malo y lo afligiré con mi actitud? No le haré nada de eso a mi padre amado. Es tan bueno conmigo que no quiero contrariarlo." Parecería que el argumento de ese grupo de muchachos no fue avasalladoramente convincente para este compañero: la conclusión opuesta era completamente lógica, y evidentemente llevaba un peso en ella.
Si Dios es bueno con quienes no lo merecen, algunos hombres se entregarán al pecado, pero hay otros de un orden más noble a quienes la bondad de Dios los guía al arrepentimiento. Desprecian el argumento bestial que, entre más amoroso es Dios, más rebeldes podemos ser; y sienten que contra un Dios de bondad, rebelarse es algo malo.
Por cierto, no puedo evitar observar que he conocido personas que objetan la mala influencia de las doctrinas de la gracia, que no estaban de ninguna manera calificados por su propia moralidad para ser jueces en esta materia. La moral debe estar en muy mala condición, cuando personas inmorales se vuelven sus guardianes. La doctrina de la justificación por la fe es frecuentemente objetada como dañina para la moral. Un periódico hace tiempo citó un verso de uno de nuestros himnos populares:
Me he esforzado en explicar también la doctrina de la gracia en términos breves, enseñando que Dios trata con los hombres pecadores sobre la base de pura misericordia; encontrándolos culpables y condenados, les otorga perdones inmerecidos, sin tomar en cuenta para nada el carácter pasado o las buenas obras que puedan ser vistas por anticipado. Movido solamente por su piedad, Él desarrolla un plan para rescatarlos del pecado y sus consecuencias; un plan en el que la gracia es el principal atributo.
Como un favor inmerecido, Él ha proporcionado, en la muerte de su amado Hijo, una expiación por medio de la cual Él puede conceder su misericordia con justicia. Él acepta a todos aquellos que ponen su confianza en esta expiación, seleccionando la fe como el camino de salvación, para que todo sea solamente por gracia. En esto Él actúa por un motivo que se encuentra dentro de Él mismo, y no por ninguna razón encontrada en la conducta del pecador, ya sea pasada, presente o futura. Intenté demostrar que esta gracia de Dios fluye hacia el pecador desde el pasado más remoto, y comienza sus operaciones cuando aún no hay nada bueno en él; obra en él lo que es bueno y aceptable, y continúa trabajando de esa manera hasta que la obra de gracia está completada, y el creyente es recibido en la gloria para la que ya ha sido hecho digno de aceptación. La gracia comienza a salvar, y persevera hasta que todo esté hecho. Desde el principio hasta el fin, desde la "A" hasta la "Z" del alfabeto celestial, todo en la salvación es por gracia y solamente por gracia; todo es por un favor inmerecido, nada por méritos. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." "Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia."
Tan pronto como esta doctrina es expuesta bajo una luz clara, los hombres comienzan a criticarla. Es el blanco al que le tira toda la lógica carnal. A las mentes no regeneradas nunca les ha gustado y nunca les gustará porque es muy humillante para el orgullo humano, y tiene en muy poca consideración la nobleza de la naturaleza humana.
Que los hombres sean salvos por caridad divina, que deban recibir perdón por el ejercicio de la prerrogativa real siendo criminales condenados, o por el contrario deben perecer en sus pecados, es una enseñanza que no pueden soportar.
Sólo Dios es exaltado en la soberanía de su misericordia; y el pecador no puede hacer otra cosa que tocar el cetro de plata mansamente, y aceptar el favor inmerecido tan sólo porque Dios se lo quiere dar: esto no es agradable para las grandes mentes de nuestros filósofos ni para las anchas filacterias de nuestros moralistas, y por ello se dan la vuelta y luchan contra el imperio de la gracia. El hombre no regenerado busca de inmediato la artillería con la que puede luchar contra el Evangelio de la gracia de Dios, y uno de los más grandes cañones que jamás haya traído al frente es la declaración que la doctrina de la gracia de Dios debe conducir al libertinaje. Si grandes pecadores son salvados inmerecidamente, entonces los hombres se convertirán más fácilmente en grandes pecadores; y si la gracia de Dios habita en el hombre cuando Dios lo regenera, entonces los hombres concluirán que pueden vivir como les dé la gana y, sin embargo, ser salvos.
Ésta es la objeción constantemente repetida que he oído hasta el cansancio, con su ruido vano y falso. Casi me avergüenzo de tener que refutar tan abominable argumento. Se atreven a afirmar que los hombres se sentirán con licencia para ser culpables por esa gracia de Dios y no titubean en decir que si los hombres no son salvos por sus obras, entonces llegarán a la conclusión que su conducta es un asunto sin importancia, y que pueden pecar para que abunde la gracia. Esta mañana quiero hablar un poco acerca de esta noción; porque en parte es un gran error, y en parte es una gran mentira.
En parte es un error porque tiene su origen en un entendimiento incorrecto, y en parte es una mentira porque los hombres saben que no es cierto o deberían saberlo, si así lo quisieran. Comienzo aceptando que el cargo parece de alguna manera algo probable. Parece muy probable que si vamos a ir por todos lados diciendo: "El peor de los pecadores puede ser perdonado si cree en Jesús, porque Dios está manifestando su misericordia al más vil de los viles," entonces el pecado parecerá como algo que no tiene importancia. Si por todos lados vamos a proclamar: "Vengan ustedes pecadores, vengan y sean bienvenidos, y reciban perdón gratuito e inmediato a través de la gracia soberana de Dios," entonces sí parece probable que algunas personas de manera vil repliquen: "Pequemos sin medida, pues fácilmente podemos obtener perdón."
Pero lo que parece ser probable no es, por consiguiente, cierto: por el contrario, lo improbable y lo inesperado, muy a menudo suceden. En cuestiones de influencia moral nada es más engañoso que la teoría. Los caminos de la mente humana no pueden ser dibujados con un lápiz y un compás; el hombre es un ser muy singular. Aún lo que es lógico no es siempre inevitable, porque las mentes de los hombres no están gobernadas por las reglas de las escuelas. Creo que la conclusión que llevaría a los hombres a pecar porque la gracia reina no es lógica, sino precisamente lo contrario; y me atrevo a afirmar que, de hecho, los hombres impíos, como regla no toman como pretexto la gracia de Dios como una excusa para su pecado. Como regla son demasiado indiferentes para preocuparse por cualquier tipo de razones; y si ofrecen una excusa es usualmente más débil y superficial. Puede haber unos pocos hombres de mentes perversas que hayan usado este argumento, pero no hay un registro de las extravagancias del entendimiento caído.
Perspicazmente sospecho que en esos casos en los que tal razonamiento se ha sugerido, fue un mero pretexto, y de ninguna manera una excusa que dejara satisfecha a la propia conciencia del pecador. Si así se disculpan los hombres, es generalmente de una manera velada, porque la mayor parte de ellos estarían completamente avergonzados de plantear ese argumento en términos claros. Me pregunto si el mismo diablo pudiera utilizar tales razonamientos: "Dios es misericordioso, por consiguiente seamos más pecadores." Es una conclusión tan diabólica, que no me gusta culpar a mis semejantes por eso, aunque nuestros oponentes moralistas no titubean en degradarlos así a ellos. Seguramente, ningún ser inteligente puede persuadirse realmente que la bondad de Dios es una razón para ofenderlo más que nunca.
La locura moral produce extraños razonamientos, pero es mi convicción solemne que los hombres muy raramente consideran en la práctica que la gracia de Dios es un motivo para pecar. Lo que parece tan probable a primera vista, deja de serlo cuando llegamos a considerarlo. He admitido que unos cuantos seres humanos han tornado la gracia de Dios en libertinaje; pero confío en que nadie argumente alguna vez contra cualquier doctrina al sólo considerar el uso perverso que de ella haga la gente más baja. ¿Acaso no se puede pervertir cualquier verdad? ¿Hay alguna doctrina de la Escritura que manos sin gracia no hayan torcido convirtiéndola en maldad? ¿No hay una casi infinita inventiva en los hombres malvados para convertir el bien en mal?
Si vamos a condenar una verdad por el mal comportamiento de individuos que profesan creerla, nos encontraríamos condenando a nuestro Señor mismo por lo que hizo Judas, y nuestra santa fe moriría en las manos de apóstatas e hipócritas. Actuemos como hombres racionales. No culpamos a las sogas porque algunas criaturas locas se han ahorcado con ellas; ni pedimos que la cuchillería de Sheffield deba ser destruida porque los utensilios filosos son instrumentos de los asesinos.
Puede parecer probable que la doctrina de la gracia inmerecida se convierta en una licencia para pecar, pero una mejor familiaridad con el curioso trabajo de la mente humana corrige esa noción. Caída como está la naturaleza humana, sigue siendo humana, y por consiguiente no toma benévolamente ciertas formas del mal, tales como por ejemplo, la ingratitud. Casi no es humano multiplicar agravios sobre quienes nos otorgan continuos beneficios. El caso me recuerda la historia de media docena de muchachos que tenían padres muy severos, que acostumbraban azotarlos hasta dejarlos medio muertos. Otro muchacho estaba con ellos el cual era amado tiernamente por sus padres, y se lo demostraban. Estos jóvenes muchachos se reunieron para tener un consejo de guerra para robar un huerto. Todos estaban ansiosos de poner manos a la obra excepto el joven favorecido por sus padres, al que no le gustó la propuesta. Uno de ellos exclamó, ""Tú no tienes por qué tener miedo: si nuestros padres nos atrapan en este trabajo, nos dejarán medio muertos, pero tu padre no pondrá su mano sobre ti." El jovencito respondió, "¿Y piensan ustedes que por ser mi padre bueno conmigo, yo por eso haré algo malo y lo afligiré con mi actitud? No le haré nada de eso a mi padre amado. Es tan bueno conmigo que no quiero contrariarlo." Parecería que el argumento de ese grupo de muchachos no fue avasalladoramente convincente para este compañero: la conclusión opuesta era completamente lógica, y evidentemente llevaba un peso en ella.
Si Dios es bueno con quienes no lo merecen, algunos hombres se entregarán al pecado, pero hay otros de un orden más noble a quienes la bondad de Dios los guía al arrepentimiento. Desprecian el argumento bestial que, entre más amoroso es Dios, más rebeldes podemos ser; y sienten que contra un Dios de bondad, rebelarse es algo malo.
Por cierto, no puedo evitar observar que he conocido personas que objetan la mala influencia de las doctrinas de la gracia, que no estaban de ninguna manera calificados por su propia moralidad para ser jueces en esta materia. La moral debe estar en muy mala condición, cuando personas inmorales se vuelven sus guardianes. La doctrina de la justificación por la fe es frecuentemente objetada como dañina para la moral. Un periódico hace tiempo citó un verso de uno de nuestros himnos populares:
"Tú: fatigado, agobiado, ¿Porqué te agotas así?
Deja tus obras. Todo fue hecho hace mucho, mucho tiempo.
Hasta que no te aferres con simple fe al trabajo de Jesús,
Las obras son fatales, las obras terminan en la muerte."
Deja tus obras. Todo fue hecho hace mucho, mucho tiempo.
Hasta que no te aferres con simple fe al trabajo de Jesús,
Las obras son fatales, las obras terminan en la muerte."
Esto lo consideraron como un ejemplo de enseñanza dañina. Cuando leí el artículo sentí un profundo interés en este corrector de Lutero y Pablo, y me pregunté, cuánto habría bebido para poder elevar su mente a tal altura del conocimiento teológico. He encontrado hombres alegando contra las doctrinas de la gracia bajo la base que no promueven la moralidad y a los cuales con justicia podría haberles replicado, "¿Qué tiene la moralidad que hacer contigo, o tú con ella?" Estos porfiados, rigoristas de las buenas obras, a menudo no son quienes las hacen. Que los legalistas miren sus propias manos y lenguas, y dejen que el Evangelio de la gracia y sus defensores respondan por ellos mismos.
Mirando atrás en la historia, veo en sus páginas una refutación a la calumnia tan a menudo repetida. ¿Quién se atreve a sugerir que los hombres que creyeron en la gracia de Dios fueron más pecadores que otros pecadores? Con todas sus fallas, aquellos que les arrojan piedras serán muy pocos si primero prueban que fueron superiores en carácter. ¿Cuándo han sido ellos promotores del vicio o defensores de la injusticia? Vayamos al punto de la historia inglesa cuando esta doctrina era muy poderosa. ¿Quiénes eran los hombres que sostenían esta doctrina más firmemente? Hombres como Owen, Charnock, Manton, Howe, y no dudo en agregar a Oliver Cromwell. ¿Qué clase de hombres eran éstos? ¿Compartían los caprichos del desenfreno de una corte? ¿Inventaron un Libro de Diversiones para divertirse en el día del Señor? ¿Frecuentaban las tabernas y lugares de fiesta? Cualquier historiador les dirá que la falta más grande de estos hombres a los ojos de sus enemigos fue que eran demasiado correctos para la generación en la que vivían, y por eso les llamaron "puritanos," y los condenaron porque sostenían una teología sombría.
Señores, si había iniquidad en la tierra en esos días, se encontraba en el partido teológico que predicaba la salvación por obras. Esos caballeros con rizos al estilo de las damas y muy perfumados, cuyos discursos tenían un sabor profano, eran los abogados de la salvación por obras, y todos enlodados y salpicados por la lujuria abogaban por el mérito humano; sin embargo los hombres que creían en la gracia solamente eran de otro estilo. No estaban en las cámaras del alboroto y el libertinaje; ¿en dónde estaban? Se les podía encontrar de rodillas clamando a Dios pidiendo ayuda en la tentación; y en los tiempos de persecución se podían encontrar en la prisión sufriendo con alegría la pérdida de todas sus cosas por causa de la verdad. Los puritanos eran los hombres más piadosos sobre la faz de la tierra. ¿Son tan inconsistentes los hombres que les ponen un apodo por su pureza y, sin embargo, dicen que sus doctrinas conducen al pecado? Y no es un ejemplo solitario el del Puritanismo; toda la historia confirma la regla: y cuando se dice que estas doctrinas promueven el pecado, yo apelo a los hechos, y dejo que el oráculo responda como pueda.
Si alguna vez queremos a ver a una Inglaterra piadosa y pura, debemos tener una Inglaterra evangelizada: si vamos a sofocar la embriaguez y el mal social debe de ser por la proclamación de la gracia de Dios. Los hombres deben ser perdonados por gracia, renovados por gracia, transformados por gracia, santificados por gracia, preservados por gracia; y cuando eso llegue a suceder será el amanecer de la edad de oro; pero mientras se les enseñe simplemente su deber, y se les deje para que lo cumplan por ellos mismos con su propia fuerza, es un trabajo en vano.
Puedes darle de latigazos a un caballo muerto por mucho tiempo sin que se mueva: necesitarías infundirle vida, pues de lo contrario todos tus latigazos serán en vano. Enseñar a caminar a hombres que no tienen pies es una pobre tarea, y lo mismo es instruir en la moral antes que la gracia le dé al corazón el amor a la santidad. Sólo el Evangelio les proporciona a los hombres motivo y poder, y por consiguiente, es al Evangelio al que debemos mirar como el verdadero reformador del hombre. Lucharé esta mañana contra la objeción que tenemos enfrente conforme se me dé fuerza. La doctrina de la gracia, todo el plan de salvación por la gracia, alienta en grado sumo a la santidad.
Cada vez que se nos hace la pregunta: "¿pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?" nos ayudará responder: "Dios no lo quiera." Esto quiero exponerlo a la clara luz del sol. Quiero llamar la atención de ustedes a unos seis o siete puntos.
